miércoles, 1 de enero de 2014

Año nuevo vida nueva

Y nunca mejor dicho.
No hay promesa, no hay propósitos, no hay expectativas, no hay nada de lo que se supone nos invade durante estos días y acabamos olvidando a medida que el año se pone en marcha y entramos otra vez en la rutina cotidiana.
Creo que por primera vez en muuuuuucho tiempo me he tomado las uvas sin pedir nada, no he sentido la presión de acabar ni cerrar etapas y sobre todo, no me he propuesto ningún propósito de año nuevo.
Me siento en paz conmigo misma. Estoy tranquila y serena y disfruto del hoy sin pensar demasiado en el mañana y sin sufrir por las cosas del ayer que ya no se pueden cambiar. Y eso es fantástico.

Esta mañana me he mirado al espejo y no me he visto diferente por estar en un nuevo año, aunque si he comprobado que sigo siendo la misma mujer que era ayer. Una mujer que ha sufrido y ha llorado, pero que en su equipaje lleva demasiadas cosas buenas, toneladas de risas, montañas de amor y kilómetros de vivencias maravillosas. Una mujer que acepta las canas y los kilos de más con humor y se pregunta cuando saldrán las primeras arrugas (porque tiene buena genética) mientras hace morisquetas con buen humor. Una mujer plena, que ama y se sabe amada, que ha aprendido a ser paciente y tolerante, que cada día vive la vida con mayor intensidad porque sabe que la vida es corta y que la felicidad son momentos que se escapan y que llegan cuando menos te lo esperas. 
El nuevo año ya está aquí y no pienso hacer ningún propósito de cambio porque la vida es cambio permanente y hay que vivirlos de la mejor manera posible. Y eso es algo que de un tiempo a esta parte, ya hago sin necesidad de que el almanaque me diga que lo tengo que hacer.

Hoy más que nunca soy una mujer (in)madura. 

domingo, 3 de noviembre de 2013

La vida y yo

La vida y yo aprendimos a querernos a fuerza de porrazos, rodillas peladas y lágrimas ardientes. De levantarme para volver a caer y de pedir la toalla confiando que alguien se apiade y me permita rendirme.
Pero no hubo suerte.
Las rodillas se curan y el levantarse a veces es automático. Otras te acercan una mano O una sonrisa. Y hasta una risa compartida.
La vida y yo aprendimos a respetarnos a fuerza de voluntades. Ella es cabrona cuando quiere, como yo. Y a cabezona no me gana. Bueno...algunas veces. Entonces toca ceder en algo. Y perder algo valioso. Y aceptarlo.
La vida y yo aprendimos a compartir espacio a fuerza de empujones y acomodos. Yo la empujo, ella se amolda. Ella me arrumba en un rincón. Yo lo reformo, lo pinto, le compro una lámpara bonita y lo hago mio.
La vida y yo al final hicimos las paces. Ella no me lo pone fácil. Pero yo soy cabezona.

martes, 1 de octubre de 2013

Maldito otoño

Soy una persona visceral. Para lo bueno y para lo malo. Y a veces es más malo que bueno porque puedes llegar a sacar tanto las vísceras que acabas sintiéndote vacía.
Llevo una larga temporada acomodándome a muchos cambios personales, laborales, familiares, sentimentales, emocionales, temporales, regionales y todos los "ales" que se te ocurran. Y aunque a veces parece que todo se va acomodando, siempre viene algo y te descoloca de nuevo.

No sé por qué, pero desde hace unos años, el mes de octubre viene cargado de cambios y sinceramente, no sé si estoy preparada para más de ellos. O quizás, si.  
Me gusta octubre. Es el mes que me convertí en madre por primera vez. Pero también el mes en que por primera vez y a los cuarenta y bastantes años me vi completamente sola, asustada y desamparada. También me gusta octubre porque me gusta el otoño y aunque aún haga calor y los árboles estén cargados de hojas verdes, durante esta larga temporada he aprendido que todo llega cuando tiene que llegar. 

Estarás preguntándote qué tiene que ver mis vísceras con los cambios, octubre y el otoño. Es muy fácil: hoy es primero de octubre y tengo las emociones a flor de piel.

Éstas últimas semanas he pasado por demasiadas emociones: un reencuentro familiar que no se producía en casi 12 años, la felicidad de tener en brazos a un nuevo miembro de la familia, unos mensajes que me dejaron sin aliento durante varios días, la muerte de una luchadora inagotable, la tristeza de una nueva despedida, la felicidad y el orgullo de ver en vivo y en directo la graduación de mi hijo, el dolor, la tristeza y la impotencia con que me he topado en la vuelta al trabajo, el insomnio inseparable, los dolores de la fibro, un problemita de salud que no se acaba de aclarar y este verano tardío que no se digna a marcharse de una puñetera vez.

Soy visceral. Y como tal, cuando me siento mal, solo quiero correr, gritar, llorar y más cosas. Sacar todo aquello que me ahoga y me consume. Pero no siempre puedo hacerlo. Por eso, éste primero de octubre, tengo las emociones a flor de piel. 
Y el maldito otoño no se digna a aparecer.